jueves, 19 de septiembre de 2013

El lector de mentes

Fotos y texto por Cristina Pavón B.







“¡Ya viene ve!”, grita una mujer apuradísima. Lleva consigo unas canastas llenas de chochos. Una chica la acompaña y corren a tomar el bus de integración en la parada de la Forida. Son las 13h40, de seguro se dirigen a un colegio de La Pulida o San Carlos para vender su producto a los hambrientos estudiantes que terminan la jornada.

Mientras tanto, un hombre de terno y corbata, aproximadamente de unos 65 años, espera la llega del Metro Bus. Saca del bolsillo de su leva desgastada un cortaúñas; efectivamente para dar unos últimos retoques a su pulcro aspecto y mientras lo hace, una colegiala lo mira con recelo y algo de aversión.

Todos de repente se detienen como si el tiempo se hubiese congelado... Quienes están sentados, se levantan, uno que otro mira a la persona que está a su lado y se le adelanta un paso, sin darse cuenta de que quien estaba del otro lado se le adelantó dos y ahora está frente. Generalmente, la segunda compuerta es la que más se aglomera de gente.

El andén amarillo se acerca, se acerca, se acerca. Desde la ventana se ve cuán lleno va, pero no importa; muchos, desde ese preciso momento, están pensando dónde podrían acomodarse. Se abren las compuertas y como si su vida dependiera de ello, los presentes se abalanzan y los rostros de la gente sale ¡son de espanto! Ya sea una vez dentro o una vez fuera, sin quedar atrapado en las puertas, el alivio se convierte en sonrisa.

Estudios en transporte demuestran que pasar mucho tiempo dentro de un bus causa daños no solo físicos, sino también emocionales y psicológicos. ¿Y cómo no? Si cada persona es un planeta diferente. Un bus sería una especie de galaxia perturbadora. Yendo aún más lejos ¿cuántos pensamientos o ideas cruzan por la mente de las personas hasta llegar a su destino? Un lector de mentes, simplemente se volvería loco dentro del Metro Bus.

Sentados en una silla a eso de las 14h12, una pareja se besa. Retomando el argumento de los pensamientos, no podría ser tan difícil ser un lector de mentes, todo está en la observación. Un hombre parado junto a una chica, no quita la vista de unas caderas voluptuosas, prominentes y carnosas. No es extraño que trate de juntarse a la mujer este preciso momento, como tampoco es extraño que lleve bajo el brazo el diario Extra en día lunes. 

Se abren las compuertas y baja más gente de la que se sube. Son las 14h25, la pareja continúa besándose. El olor a salchipapa se impregna en el aire y las risas de los colegiales que terminaron su jornada, matan el tedioso silencio. “¡Cachas que no me vino a ver hoy!” se queja una estudiante con su amiga, la que sonríe, pero porque no para de mandar textos con su teléfono celular perdiéndose en sus propios pensamientos.

Las puertas se abren en la parada del IESS y la mayoría se baja, incluida la pareja apasionada. La pantalla de reloj marca las 14h32, el circuito da la vuelta para seguir la misma ruta e ir hasta la Estación en La Ofelia. Quizás en este punto el lector de mentes, se sentiría más aliviado.  Quedan pocas personas. Un niño le cuenta emocionado a su mamá, lo que hizo en la escuela hoy, todos los usuarios del Metro se enteran.

La parada del Seminario Mayor hizo que nuevamente se llenen los asientos vacíos. El parcial silencio solo se veía irrumpido por siseos y una que otra risa de alguna conversación entretenida. Son las 14H43, un hombre ciego se sube a cantar con una flauta. No le fue muy bien. La mayoría conversaba o tenía los audífonos puestos y, lo más seguro es que todos estaban sumidos en su planeta, en sus pensamientos.






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