martes, 1 de octubre de 2013

Tarde de cielo negro (Testimonio)

Por Cristina Pavón B.

Foto de diario El Universo


“El domingo no fue un día cualquiera ¡Quién se iba a imaginar algo así!” Son las palabras de Helena Román, una mujer de 55 años, moradora del sector de la Guanguiltagua, ubicado aproximadamente a 2 kilómetros del Parque Metropolitano. Su rostro, revive la angustia de ver el cielo de medio día, oscurecerse.

Se sienta en un sofá luego de acomodar impecablemente los cojines. “Justo ese día le íbamos a traer a mi nieto de la casa de mijo, para que venga a jugar con los perros” Helena sonríe desviando la conversación para hablar de su único y muy querido nieto Miguel. Su semblante cambia de repente al recordar lo que vio al momento de salir de su casa.

Se acaricia las manos un poco adolorida por un problema de artritis y continúa. “Justo a lo que mi marido y yo salíamos, vemos que el cielo estaba oscuro y ahí ha comenzado todo pues. Hasta el olor era terrible.” Comenta sorprendida, mientas se acomoda de lado en el sofá. Sus manos no dejan de moverse inquietas y sus ojos miran fijamente a la ventana, donde de seguro, vio todo lo que ocurría.

“Los vecinos salían a ver desde las ventanas y los más jovencitos, tomaban fotos, de fotos desde los celulares.” Las manos de la mujer tratan de ejemplificar la distribución de sus vecinos en el espacio de la calle. “Mi marido fuma, verá, ese rato se puso a toser, no sé si de los nervios, o porque de verdad le hizo daño el olor del humo.” sonríe y continúa entre risas. “Ya no le veo fumando mucho ese día ya tragó demasiado humo, creo.”

Negando con la cabeza y apretando los labios, deja que el silencio muestre su desaprobación. “¿Quién causa algo así pues niña? ¿Qué culpa tiene la naturaleza? Cuanta maldad de las personas. Desde chiquitos mismo hay que enseñarles a respetar.” El rostro de Helena muestra indignación y continúa “Yo a mi nieto nunca, nunca le dejé ni que me arranque una sola florcita del patio.” Sus ojos se enternecen y deja descansar las manos sobre su regazo. “Exterminan la naturaleza y ¿Qué futuro les espera a los guaguas?”

La mujer se levanta del sofá, vuelve a acomodar los cojines y con el ceño fruncido, añade “Ojala que esas malas personas, paguen.”




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